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Massive Attack demuestra que la música suena más fuerte cuando no contamina

  • 3 feb
  • 3 Min. de lectura

Cuando la sostenibilidad deja de ser discurso y se vuelve infraestructura


Los festivales y conciertos masivos siempre han sido celebraciones culturales… y también máquinas intensivas de consumo.


Toneladas de residuos, emisiones desbordadas y una logística que históricamente ha priorizado la eficiencia económica sobre cualquier otra variable.


Durante años, la industria de la música en vivo ha hablado de sostenibilidad con entusiasmo, pero con resultados, digamos, modestos.


Sin embargo, algo empezó a cambiar. No desde un manifiesto, sino desde un escenario.


Massive Attack decidió poner a prueba una idea incómoda para el sector: ¿y si los grandes eventos  pueden ser radicalmente sostenibles sin perder escala, calidad ni impacto artístico?


Antes que nada, siempre hemos sido fan de Massive Attack, si bien podemos estar más inclinados a hablar bien de ellos, siempre lo haremos desde la admiración, sí, pero también con una mirada crítica sobre lo que realmente implica este cambio.


La industria en números que incomodan


Según datos discutidos en el Parlamento del Reino Unido, los festivales generan 25,800 toneladas de residuos, 22,876 toneladas de CO₂ y consumen 185 millones de litros de agua cada año.


No es un problema marginal; es estructural. Durante décadas, el uso de generadores diésel, el transporte aéreo constante y la sobreproducción energética han sido aceptados como “el costo de hacer negocios”.


La pregunta nunca fue técnica. Fue cultural: ¿queremos cambiarlo?


Act 1.5: el evento que rompió el molde


En 2024, Massive Attack llevó esa pregunta al límite con Act 1.5 Climate Action Accelerator en Bristol.


Un evento para más de 32,000 personas que logró reducir en 98% las emisiones relacionadas con energía, eliminó plásticos de un solo uso, ofreció alimentación 100% vegana y funcionó exclusivamente con baterías, sin respaldo diésel.


No fue un gesto simbólico. Fue una demostración operativa. El escenario principal, algo inédito a esa escala, se alimentó completamente con sistemas de baterías móviles y energía verde certificada.


La logística del público también cambió: prioridad a asistentes locales, transporte eléctrico y estímulos reales para usar trenes.


Cuando la sostenibilidad se diseña desde el inicio


Uno de los aprendizajes clave fue metodológico. Según Jamal Chalabi, tour manager y responsable del proyecto, el error habitual de los eventos es “añadir sostenibilidad al final”.


Act 1.5 hizo lo contrario: la integró desde el diseño. Esto permitió algo fundamental: dimensionar con precisión el consumo energético real. En lugar de sobredimensionar “por si acaso”, se trabajó con datos. Menos exceso, menos desperdicio.


Paradójicamente, más control y menos estrés operativo para los equipos técnicos.


¿Es replicable o solo un caso excepcional?


Aquí aparece la crítica necesaria. Act 1.5 funcionó porque hubo alineación total: artista, promotor, patrocinadores, técnicos y autoridades locales. No todos los eventos cuentan con ese nivel de compromiso ni con los recursos iniciales.


Pero el argumento de que “es demasiado caro” empieza a desmoronarse. Otros artistas —Coldplay, Radiohead, The 1975— ya han demostrado reducciones sustanciales de emisiones sin comprometer la experiencia del público.


Además, el ecosistema profesional ha madurado: hoy existen Sustainable Event Managers, proveedores especializados y tecnologías que antes simplemente no estaban disponibles.


El verdadero legado: cambiar expectativas


Quizá el mayor impacto de Massive Attack no está solo en sus cifras récord, sino en lo que provocó después. Bristol anunció un plan para descarbonizar más de 20 eventos importantes hacia 2026 usando este modelo. Otros festivales ya lo están replicando.


Cuando un headliner demuestra que es posible, el estándar cambia. Lo que antes era “extra” se convierte en expectativa. Y ahí es donde la industria empieza a moverse, a veces por convicción, otras por presión reputacional. Ambas funcionan.


¿Qué pensamos en #PlanetaB?


La experiencia de Massive Attack deja algo claro: la sostenibilidad en la música en vivo ya no es una utopía técnica, sino una decisión estratégica. No es perfecta, no es inmediata y no es cómoda.


Pero es viable y creemos que el verdadero reto no es tecnológico, sino cultural. Seguir justificando prácticas altamente contaminantes en nombre de la tradición o la rentabilidad es, en el mejor de los casos, una falta de imaginación.


El llamado es simple pero exigente: artistas, promotores y público debemos empezar a pedir —y aceptar— nuevos estándares. Porque si se puede hacer a gran escala, entonces la pregunta ya no es “¿se puede?”, sino “¿por qué no lo estamos haciendo?”.


 
 
 

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