top of page

Megafugas, tuberías rotas, cero infraestructura... pero tenemos axolotes pintados

  • 15 may
  • 2 min de lectura

Cuando el agua se pierde más rápido que las promesas


En una ciudad donde abrir la llave ya parece un acto de optimismo, perder 3.6 millones de litros de agua potable en apenas 90 minutos no debería tratarse como un incidente más. Mucho menos en una alcaldía como Iztapalapa, donde el acceso al agua lleva años dependiendo de pipas, cisternas y paciencia ciudadana.


La reciente megafuga en Los Reyes Culhuacán volvió a exhibir una realidad incómoda: la infraestructura hidráulica de la Ciudad de México está envejecida, parchada y, en muchos casos, sostenida más por improvisación que por planeación.


Pero claro, siempre habrá presupuesto para campañas visuales, pintura urbana y discursos sobre identidad cultural. Porque aparentemente un ajolote en la pared suaviza bastante bien la ausencia de agua en la tubería.


La fuga no solo fue de agua, también de planeación


La avería afectó a 136 colonias. En 80 de ellas, el suministro fue suspendido completamente.


El problema no surgió de la nada: la tubería dañada tenía más de 60 años de operación. Sesenta. Décadas de desgaste en un sistema esencial que sigue funcionando hasta que literalmente explota.


Las autoridades respondieron con pipas y reparaciones de emergencia, como suele ocurrir. El protocolo ya parece conocido: ocurre la crisis, aparecen las excavadoras, llegan las declaraciones y después el tema desaparece hasta la siguiente fuga.


Mientras tanto, millones de litros se desperdician en una ciudad que vive bajo estrés hídrico permanente.


Y sí, resulta positivo que existan brigadas trabajando y personal atendiendo la emergencia. El problema es que seguimos celebrando la reacción mientras ignoramos la prevención.


La infraestructura hidráulica rara vez genera fotografías atractivas o campañas virales. Enterrar tuberías nuevas no luce tanto como inaugurar proyectos visualmente “memorables”. Pero curiosamente, las tuberías son las que llevan agua.


El costo invisible del abandono


Más allá del desperdicio inmediato, estas fugas tienen un impacto social profundo. Familias enteras dependen de cisternas improvisadas, almacenamiento doméstico y consumo limitado para enfrentar cortes prolongados. En muchas zonas, vivir con baja presión o sin agua dejó de ser emergencia y se convirtió en rutina.


La discusión de fondo tampoco puede limitarse a reparar ductos cada vez que colapsan. Se necesita inversión sostenida, mantenimiento preventivo y una estrategia hídrica seria.


Porque pedirle a la ciudadanía que “cuide el agua” mientras millones de litros se pierden por infraestructura abandonada empieza a sentirse menos como conciencia ambiental y más como ironía institucional.


¿Qué pensamos en #PlanetaB?


La conversación ambiental no puede quedarse atrapada en slogans cómodos ni en estética urbana bien intencionada. Hablar de sostenibilidad también implica exigir infraestructura funcional, mantenimiento real y gobiernos capaces de priorizar lo esencial antes que lo decorativo.


Cuidar el agua no es solo responsabilidad ciudadana. También significa dejar de normalizar sistemas obsoletos que desperdician millones de litros mientras la población aprende a sobrevivir con tandeos y pipas.


La crisis hídrica no se resuelve con campañas bonitas: se enfrenta con inversión, planeación y decisiones incómodas. Y quizá ya va siendo momento de exigirlas.



Imagen: N+

Comentarios


bottom of page