Carne, ciencia y poder: ¿qué se juega en la mesa global?
- Planeta B

- 30 sept
- 4 Min. de lectura
El debate sobre la carne no es nuevo, pero en los últimos años se ha convertido en un campo de batalla donde la ciencia y los intereses económicos chocan sin tregua.
Hace unos años, un informe de gran prestigio advirtió que los niveles actuales de consumo de carne amenazan tanto la salud del planeta como la nuestra. La conclusión parecía razonable: reducir la carne en la dieta.
Sin embargo, la reacción de la industria cárnica fue todo menos mesurada. Campañas mediáticas, “expertos” a sueldo y una maquinaria de relaciones públicas desplegada con precisión quirúrgica buscaron desacreditar el estudio.
Hoy, con la inminente publicación de una nueva versión del informe, la duda resurge: ¿volverá la industria a poner más energía en negar la realidad que en enfrentarla? La experiencia nos dice que sí, y no es precisamente porque la evidencia científica haya cambiado.
El informe que incomodó al negocio de la carne
En 2019, la Comisión EAT–Lancet publicó uno de los estudios más completos hasta la fecha sobre dieta, salud y sostenibilidad ambiental.
Reunió a 37 expertos durante más de dos años para responder a una pregunta que parece sencilla, pero que define el futuro: ¿cómo alimentar a una población mundial creciente sin llevar al planeta al colapso?
Las conclusiones eran claras. Para 2050, si seguimos con los hábitos actuales, las emisiones de gases de efecto invernadero se duplicarán.
En cambio, una transición hacia dietas con más vegetales y menos proteína animal podría reducir esas emisiones hasta en un 80%.
Además, se duplicaría el consumo de frutas, verduras y legumbres, mientras que carne roja y azúcar deberían disminuir en más del 50%.
No se trataba de una utopía vegana, ni de un plan de imposición alimentaria, sino de una hoja de ruta práctica.
La propuesta era, incluso, históricamente moderada: en 1961 la gente consumía apenas la mitad de carne que en 2022. Reducir a esos niveles no solo es posible, sino que se ha hecho antes. Y con un beneficio adicional: mejorar la salud pública al reducir enfermedades cardiovasculares y diabetes asociadas a dietas ricas en proteína animal.
Pero la lógica nunca ha sido el mejor argumento contra los intereses económicos.
El contraataque: cuando el lobby cocina su propio menú
La reacción de la industria no se hizo esperar. Columnistas acusaron al informe de querer “cambiar tu dieta a la fuerza”. Algunos psicólogos mediáticos lo tacharon de “inconsistente y poco científico”.
Influencers lanzaron hashtags como #yes2meat, defendiendo su bistec con la pasión de quien defiende una bandera nacional.
El problema no fue la crítica —que siempre es saludable—, sino la orquestación detrás de ella.
Investigaciones posteriores revelaron campañas de desinformación diseñadas desde agencias de relaciones públicas como Red Flag, que se jactó de haber posicionado la narrativa de que la dieta propuesta era “radical”.
Incluso se detectaron académicos alineados con el discurso de la industria, gracias a generosos patrocinios que maquillaban de debate lo que en realidad era lobby disfrazado.
En redes sociales, el fenómeno fue aún más claro: perfiles influyentes usaban argumentos casi idénticos antes de que el informe siquiera saliera publicado. No era espontaneidad, era un guion.
Carne, clima y salud: la discusión que incomoda
La producción ganadera es responsable de entre el 12 y 20% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. El ganado, especialmente el vacuno, es la primera causa de deforestación en muchos países.
A ello se suman los efectos en salud: dietas basadas en carnes procesadas y rojas están ligadas a mayor riesgo de diabetes tipo 2, hipertensión y enfermedades cardiovasculares.
Y sin embargo, el discurso público no se centra en estos datos, sino en supuestas conspiraciones de científicos que “quieren acabar con la carne”. La estrategia recuerda demasiado a la del tabaco en su momento: sembrar dudas, cuestionar la credibilidad de los estudios, atacar a los mensajeros y retrasar lo inevitable.
La Organización Mundial de la Salud catalogó el tabaco como una de las mayores amenazas a la salud pública de la historia. ¿Llegaremos a reconocer algún día que la carne industrializada recorre un camino similar?
El músculo del lobby cárnico
Los documentos internos obtenidos por organizaciones como Greenpeace o DeSmog revelan la magnitud del aparato de influencia. Instituciones como el CLEAR Center, en teoría académicas, operaban con financiamiento casi total de la industria.
Agencias de comunicación construían campañas que repetían, una y otra vez, acusaciones de “hipocresía” contra los autores del informe, como si eso invalidara la ciencia.
El guion es viejo, pero efectivo: atacar al mensajero para que el mensaje se diluya. Así, el foco pasa de los datos duros —emisiones, salud, deforestación— a polémicas fabricadas sobre si un patrocinador viaja en avión o si un activista adolescente publica un tuit.
¿Hay señales de cambio?
Pese a los esfuerzos del lobby, algunos datos muestran grietas en el relato. En países como Alemania o Reino Unido, el consumo de carne ha disminuido en los últimos años.
Es cierto, no hablamos de una transformación radical, pero el solo hecho de que haya una tendencia a la baja, en medio de tanta resistencia mediática, es significativo.
Las generaciones jóvenes, más conectadas con el cambio climático y la sostenibilidad, parecen estar menos dispuestas a aceptar sin cuestionar lo que se pone en su plato. Y eso, por pequeño que parezca, preocupa más a la industria que cualquier informe académico.
¿Qué pensamos en #PlanetaB? Alguien controla la conversación
Más que un debate sobre dietas, lo que está en juego es quién controla la conversación: ¿la ciencia y la salud pública, o una industria multimillonaria con la capacidad de dictar titulares y tendencias en redes sociales?
En #Planeta creemos que reducir el consumo de carne no es un dogma, sino una necesidad estratégica para el futuro de la humanidad y del planeta.
No se trata de prohibiciones, sino de responsabilidad colectiva. Cada elección que hacemos —en el supermercado, en el restaurante o en la conversación digital— suma al cambio o perpetúa el problema.
La invitación es clara: cuestionemos lo que ponemos en el plato y lo que dejamos entrar en nuestras mentes.
Porque si la industria gasta tanto en convencernos de que nada cambie, quizá lo más sensato sea hacer justo lo contrario. El poder de la transformación sigue estando en la mesa… en la tuya.









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