Greenphyto, la gran promesa vertical: cuando la agricultura toca el techo
- Planeta B

- hace 2 días
- 3 Min. de lectura

La agricultura siempre ha sabido reinventarse. Cuando falta tierra, se cultiva hacia arriba. Cuando escasea la mano de obra, se automatiza. Y cuando el clima deja de cooperar, se encierra el campo en un edificio.
En ese contexto —de urgencias climáticas, presión alimentaria y fe casi ciega en la tecnología— aparece una nueva estrella: la granja vertical más alta del mundo, inaugurada en Singapur.
La propuesta es seductora. Inteligencia artificial, robots, luces LED de bajo consumo y toneladas de vegetales creciendo en torres impecables. Todo suena eficiente, limpio y futurista. La pregunta no es si impresiona. La pregunta es si realmente responde al problema que dice resolver.
Un rascacielos de hojas verdes
Greenphyto no escatimó en ambición. Con una inversión cercana a los 80 millones de dólares, levantó un edificio de cinco niveles y más de 23 metros de altura dedicado exclusivamente al cultivo hidropónico.
A plena capacidad, promete producir hasta 2,000 toneladas de vegetales al año. Hoy, apenas va por una décima parte.
El sistema es casi completamente automatizado. La inteligencia artificial monitorea la salud de los cultivos, ajusta nutrientes, regula la iluminación y predice rendimientos. Robots se desplazan entre torres que parecen más propias de un centro logístico que de una granja tradicional.
El ser humano interviene solo al final: cosechar y empacar. Con cuidado, claro. La estética también cuenta.
Tecnología al servicio del producto… o al revés
Uno de los discursos más interesantes del proyecto viene de su fundadora, Susan Chong. A diferencia de otros emprendimientos agrotech que colapsaron en Singapur, ella insiste en algo casi provocador: la tecnología no es el producto, el vegetal sí.
Mientras muchas granjas verticales apostaron todo a la innovación dura —sensores, software, automatización extrema— y olvidaron el mercado, Greenphyto busca competir en calidad y precio frente a las importaciones. Un paquete de kailan local cuesta prácticamente lo mismo que uno importado. Nada mal para una granja indoor en una de las ciudades más caras del mundo.
Eso sí, el equilibrio es frágil. La energía sigue siendo el talón de Aquiles del modelo.
El elefante eléctrico en la habitación
Las granjas verticales no fracasan por falta de ideas, sino por exceso de costos. Energía, capital inicial, mantenimiento y una cadena de suministro que no siempre perdona errores. Singapur lo sabe bien. En los últimos años, varios proyectos similares cerraron o entraron en liquidación.
Greenphyto presume haber reducido su consumo energético en un 30 % gracias a LEDs diseñados a la medida y a iluminación ajustable por etapa de crecimiento. No iluminar de más. No producir de más. Cultivar solo bajo pedido. Eficiencia quirúrgica, al menos en teoría.
Pero incluso con estos avances, el modelo sigue dependiendo de subsidios, fondos públicos y una demanda constante dispuesta a pagar por “lo local” sin que el precio se dispare.
Agricultura como software escalable
Aquí el proyecto da un giro interesante. Greenphyto no quiere ser solo una granja. Quiere ser una plataforma.
Además de vender vegetales, planea comercializar su sistema de cultivo y su software de inteligencia artificial a otros países e industrias.
El verdadero negocio, quizás, no está en la lechuga sino en el algoritmo. Monitoreo predictivo, alertas automáticas, optimización de cosechas. La agricultura convertida en SaaS.
Este enfoque híbrido —producto físico más tecnología exportable— podría marcar la diferencia frente a otros fracasos del sector. O convertirse, irónicamente, en otra promesa sobredimensionada.
¿Qué pensamos en #PlanetaB?
La granja vertical más alta del mundo es, sin duda, una hazaña técnica. Impresiona. Inspira. Y plantea preguntas incómodas.¿Estamos construyendo sistemas alimentarios más resilientes o simplemente versiones más elegantes de un modelo costoso y dependiente de energía?
La tecnología no es el villano. Pero tampoco es la solución automática. Sin viabilidad económica, sin acceso real y sin impacto medible en seguridad alimentaria, estos proyectos corren el riesgo de ser monumentos al optimismo tecnológico.








Comentarios