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Turberas, carbono y futuro: cuando la economía verde deja de ser discurso

  • Foto del escritor: Planeta B
    Planeta B
  • hace 2 minutos
  • 3 Min. de lectura


Convertir un problema climático en una oportunidad económica real


Durante décadas, hablar de transición ecológica en regiones dependientes de industrias extractivas ha sido un ejercicio cómodo desde los escritorios, pero complejo sobre el terreno. Irlanda lo sabe bien.


En el corazón de la isla, las Midlands irlandesas concentran una paradoja difícil de ignorar: una población joven, un territorio rico en recursos naturales… y una economía anclada a un modelo que hoy es ambientalmente insostenible. Las turberas, históricamente explotadas para la obtención de combustible, son ahora una de las principales fuentes de emisiones de CO₂ del país.


Este proyecto europeo intenta cambiar esa narrativa. No desde el idealismo climático, sino desde una premisa más incómoda —y más interesante—: si la transición verde no genera ingresos, empleo y estabilidad, simplemente no ocurre. Aquí exploramos una iniciativa que busca demostrar que sostenibilidad y economía pueden, por fin, hablar el mismo idioma.


El verdadero costo del “progreso” en las turberas


Las turberas cubren más del 20% del territorio irlandés. Durante siglos fueron drenadas para facilitar la extracción de turba y la agricultura convencional. El problema es que la turba, una vez seca, deja de ser suelo y se convierte en carbono esperando oxidarse. Y lo hace rápido.


Douglas McMillan, director general de Green Restoration Ireland, lo explica sin rodeos: una turbera sana es 98% agua. Para explotarla, hay que drenarla hasta niveles del 80–85%. El resultado es inmediato: exposición al oxígeno y emisiones que pueden alcanzar hasta 30 toneladas de CO₂ por hectárea al año. Traducido: el modelo tradicional no solo dejó de ser viable, se volvió activamente dañino.


La ironía es evidente. Durante años se habló de la turba como “recurso local”. Hoy sabemos que era, en realidad, una factura climática diferida.


Paludicultura: producir sin secar la tierra


La respuesta del proyecto Peatlands for Prosperity es tan simple como disruptiva: dejar el agua donde siempre debió estar. La paludicultura —agricultura en suelos húmedos— eleva el nivel freático a entre 10 y 40 cm de la superficie. Con ello se detiene la oxidación y la turbera deja de emitir carbono para volver a capturarlo.


Pero aquí no se trata solo de restaurar ecosistemas. El proyecto apuesta por algo más pragmático: demostrar que estas tierras pueden producir valor económico sin ser drenadas. Un detalle que suele marcar la diferencia entre una buena idea y una política pública efectiva.


Del laboratorio al campo: probar antes de prometer


El proyecto se implementa en dos sitios del condado de Offaly, cada uno con un propósito claro. El primero, en la granja de Donie Regan, funciona como centro de investigación y desarrollo. Allí se experimenta con cultivos de alto valor como arándanos, arándanos rojos y chokeberries, además de plantas medicinales y musgo sphagnum para usos industriales.


El segundo sitio, en la granja de Adrian Egan, es donde la teoría se somete a la prueba que realmente importa: la escalabilidad comercial. Talleres mensuales, intercambio de resultados y acompañamiento técnico buscan algo poco habitual en proyectos climáticos: que los agricultores puedan replicarlo sin depender eternamente de subsidios.


Como resume el propio Egan, el objetivo es simple y ambicioso a la vez: producir bienes, fomentar biodiversidad y participar activamente en la economía. Todo al mismo tiempo. Sin slogans.


Fondos europeos, pero con los pies en el territorio


El presupuesto del proyecto, 300 mil euros, proviene del EU Just Transition Fund, cofinanciado por la Comisión Europea y el gobierno irlandés. Sin embargo, su gestión corre a cargo de autoridades regionales, bajo un enfoque “bottom-up” que involucra directamente a las comunidades locales.


Clare Bannon, directora interina de la Eastern and Midland Regional Assembly, lo plantea con una metáfora precisa: no se trata de imponer soluciones, sino de “plantar semillas” para que las comunidades tengan futuro en su propio territorio. Una idea sencilla, pero que no siempre se respeta en la política climática europea.


¿Qué pensamos en #PlanetaB?


La experiencia de las Midlands irlandesas deja una lección incómoda: la transición ecológica fracasa cuando se diseña sin entender la economía local. Restaurar ecosistemas es imprescindible, pero no suficiente. Si no hay ingresos, empleo y viabilidad a largo plazo, el discurso verde se queda en eso: discurso.


Proyectos como Peatlands for Prosperity apuntan en la dirección correcta porque no romantizan el cambio. Lo hacen rentable, medible y replicable. Y, sobre todo, reconocen que la justicia climática también es justicia económica.


La pregunta ahora no es si este modelo funciona, sino cuántas regiones más seguirán esperando mientras el carbono sigue saliendo del suelo. La transición ya no necesita más promesas; necesita decisiones.


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